Ratio: 5 / 5

Inicio activadoInicio activadoInicio activadoInicio activadoInicio activado
 

portada_que_saber

TÍTULO: Qué saber para enseñar a estudiantes chinos
COORDINADORES: Alberto Sánchez Griñán y Mónica Melo.
AUTORES: Wang Ting, Wai-Chung Ho, Romie Littrell, Liu Fengshu, Ewan Dow, Hu Hua Ouyang, Maximiano Cortés Moreno, Alberto Sánchez Griñán
EDITORIAL: Voces del Sur (Buenos Aires, Argentina)
AÑO DE PUBLICACIÓN: 2009

 

Reseña (por Rachid Lamarti)

Fecha de publicación: 4 de febrero de 2012

Dirigido a profesores occidentales con alumnos chinos en clase o que llevan a cabo su labor docente en un país sinófono, Qué saber para enseñar a estudiantes chinos es un principio de vademécum. En efecto, y el título no deja lugar a dudas, la obra no sólo incumbe a profesores de ELE a sinohablantes, sino a docentes de cualquier materia con estudiantes chinos. Sólo uno de los siete capítulos del libro está directamente relacionado con la enseñanza del español como lengua extranjera.

Abrumadora pregunta: ¿qué hay que saber para enseñar a estudiantes chinos? Para responderla, los compiladores, Alberto Sánchez Griñán y Mónica Melo, avezados en la docencia del español como lengua extranjera y conocedores del contexto sinófono de enseñanza y aprendizaje, han realizado una excelente labor de selección de artículos donde reputados profesores tratan de iluminar el a veces accidentado sendero de la enseñanza a sinohablantes.

En el primero de los siete trabajos reunidos, Wang Ting aborda la tradición educativa china al tiempo que pone en guardia contra extendidas creencias acerca del estudiante chino y de su cultura de aprendizaje. A continuación, Wai-Chung Ho aplica la lupa al papel que desempeña la cultura popular entre los jóvenes chinos, a la influencia que en ellos ejerce y a las ventajas de introducirla en el aula. La autora avala así una reforma educativa en China que renueve el panteón de los héroes.

Sin duda, el confucianismo ha dejado impronta en la sociedad y en la cultura chinas. Romie Littrell, en el tercer capítulo del libro, habla de ello y también de la adaptación de materiales al contexto chino, de la situación de la enseñanza en línea y a distancia en China y de la colisión de expectativas entre educadores occidentales y educandos chinos. Especialmente relevantes son los apartados que dedica a las diferencias culturales en el discurso, a la comunicación no verbal y a los estilos de aprendizaje.

En el artículo Las dinámicas de la cultura y sus implicancias para la educación en China, Liu Fengshu abre y modera un muy pertinente diálogo entre la cultura y el sistema educativo chinos, toda vez que analiza el espacio donde la educación formal y la cultura interseccionan. Cultura, enseñanza y aprendizaje se imbrican, y su entramado, de múltiples hilos, conforma culturas de aprendizaje y de enseñanza. Precisamente, en el capítulo que sigue, a partir del caso concreto de una profesora de inglés en China, Ewan Dow y Hu Hua Ouyang diseccionan las incomprensiones y los malentendidos culturales derivados de la confrontación entre culturas de enseñanza y aprendizaje dispares o alejadas.

La lingüística contrastiva es una formidable aliada de la enseñanza de lenguas extranjeras. El estudio contrastivo entre las lenguas china y española de Maximiano Cortés se adivina de máxima utilidad para aquellos profesores de español que trabajan en un país sinófono o con alumnado cuya lengua nativa es el chino mandarín. Por último, Alberto Sánchez Griñán examina las posibilidades de la enseñanza comunicativa de lenguas en China, reflexiona acerca de las principales causas que la han abocado al fracaso y evalúa las vías para su óptima implementación en ese contexto.

Uno prefigura y arma representaciones (a menudo disparatadas) del otro. Lo hace el occidental respecto al oriental y viceversa. Al fin y al cabo, ambos están cortados por el mismo patrón: el que hace a todos igual de humanos. Wang Ting en Hacia una comprensión de la educación y la cultura chinas echa por tierra toda una serie de mitos alrededor de la figura del estudiante chino. La mitificación, comúnmente, acaba en mixtificación. El estudiante chino, víctima de un estereotipo que lo vuelve pasivo, memorión y falto de creatividad, lleva tiempo reclamando un resarcimiento. A tal efecto, Sánchez Griñán trae a colación a Littlewood (2000), cuya investigación demostró que el estereotipo del aprendiente asiático como obediente no refleja el papel que estos quisieran adoptar en las aulas. El estereotipo (estudiantes sumisos, pasivos, monótonos) no se sostiene. Era acuciante, por tanto, una desmitificación.

Para Confucio el estudio constituía un fin en sí mismo. Ponderaba el aprendizaje por amor al estudio. La epistemología practicada y alentada por Confucio colindaba con la mayéutica socrática (p. 34). En la actualidad, sin embargo, los estudiantes chinos suelen esperar aprobar y alcanzar el estatus más alto en la sociedad y por lo tanto volverse ricos. Ante tan meridiano pragmatismo conviene preguntarse hasta qué punto los jóvenes universitarios chinos siguen comulgando con las ideas y la doctrina de Confucio. Como observa Wang Ting, empero, esta visión utilitaria del estudio dimana no tanto de Confucio cuanto del sistema de exámenes imperiales, consolidado en el siglo VI y abolido en 1905. Para Confucio la memorización era antesala de la reflexión conducente no sólo a la comprensión y al pensamiento crítico, sino también a la innovación y a la creatividad. Los exámenes imperiales, fomentando la memorización pura en detrimento de todo lo demás, pervirtieron el concepto, corrompieron el método. Los candidatos a funcionario público se presentaban a los exámenes imperiales con el mismo espíritu con que hoy los jóvenes persiguen el éxito académico que les garantizará un buen trabajo y un alto estatus social.

Las palabras de Wang Ting encabalgan con el artículo La cultura popular en la educación china, cuya autora, Wai-Chung Ho, ve en la vida contidiana una fabulosa cantera de recursos para los libros de texto y arguye que la tecnología, la cultura popular y la identidad del pueblo chino deben salirse al encuentro con el fin de crear sinergias que estimulen el aprendizaje de los jóvenes. Ha de prevalecer en la educación una voluntad de acercamiento (p. 54). Es decir: los educadores han de interesarse por aquello que despierta el interés de los discentes. La educación, excusa decirlo, se mueve y es susceptible de mudanzas. Cada época tiene su propia cultura popular, su propia idiosincrasia, sus propios héroes. Música, televisión, cine, videojuegos, redes sociales, etcétera, configuran el ruedo, el templo y la pista de baile de los jóvenes de hoy.

Hoy en China las canciones oficiales promocionadas por el Estado compiten con los cantantes de moda; el comunismo y el colectivismo forcejean con el materialismo y el individualismo; la ópera china tradicional comparte escenario con conciertos de jazz; el confucianismo y el patriotismo coexisten con la modernidad y la iconoclasia. Con todo, la mirada de Occidente, tan crítica como sesgada y reducida, sólo repara en las primeras partes de esas dicotomías. La incapacidad para atisbar siquiera el resultado de la fricción (es decir: la paradoja) ha promovido esa visión estereotipada e incompleta del chino: gregario, tradicional, confuciano. La tensión entre la educación política comunista y el carácter contestatario de la cultura popular, efectivamente, genera conflictos y contradicciones sociales de calado.

Las consideraciones iniciales de Littrell en Acerca de los modos de aprendizaje de los estudiantes provenientes de culturas confucionistas son extrapolables a cualquier contexto cuya cultura sea diametralmente distinta a la del profesor: los hábitos se tornan disfuncionales, y uno se da cuenta de que debe pensar acerca de prácticamente todo lo que hace. Tras esbozar a Confucio y aludir a cuatro sociedades de raigambre confuciana: China, Corea, Japón y Vietnam, el autor afirma que comprender la influencia del confucionismo es esencial para alcanzar logros educativos en Asia Oriental. Ahora bien, aunque las huellas de Confucio sobre esta región del planeta sean profundas y todavía tibias, tal afirmación admite, si no objeciones, el matiz y las reservas. Sea como fuere, el propio Littrell reconoce que el confucianismo está experimentado un periodo de crisis o declive, sobre todo entre los jóvenes emprendedores y empresarios chinos (p. 85). Finalmente, las directrices pedagógicas inventariadas en su artículo (pp. 114-115) no son únicamente válidas para aprendientes chinos o de cultura confuciana. La enseñanza en espiral, el aprovechamiento del bagaje previo del alumno, la claridad en la secuenciación, el realce de la información principal, la ejemplificación, etcétera, constituyen prácticas docentes recomendables en todos los contextos de enseñanza con alumnos de cualquier perfil.

En el capítulo de Liu Fengshu, por un lado, se subraya la necesidad de considerar no solo el pasado de una cultura sino también su presente. Tal concepción dinámica de la cultura, huelga decir, conmina a un proceso constante de reinterpretación y de modificación. Por otro lado, se hace hincapié en las conexiones entre cultura y educación formal y se describen los tradicionales ejes del sistema educativo chino: la moral, la veneración por el aprendizaje, la perseverancia, el sistema de exámenes, la memorización y la autoridad del libro de texto. Reaparece Confucio, aunque esta vez acompañado por el budismo y el taoísmo. De estas tres escuelas de pensamiento la autora extrae un denominador común: la creencia en la virtud transformadora del estudio (p. 144).

Asimismo, Liu Fengshu advierte del pulso que mantienen en China dos fuerzas antagónicas: la inercia (o deriva) globalizadora y un afán de singularidad cultural. El hecho de que los chinos pujen por la modernidad de Occidente, pero no a costa de sacrificar su cultura y su estabilidad política, abona de paradojas el contexto sinófono de enseñanza y aprendizaje. El artículo incide en el peso de la política y de la moral en el programa educativo chino, en cuyo sistema de evaluación resuenan los ecos de la criba y de la competitividad de los antiguos exámenes imperiales para la ocupación de un cargo público. La mayoría de los chinos opina que aprender significa leer libros, y memorizar lo escrito en los libros, el modo más seguro de estudiar. Para explicar esta visión del aprendizaje, a menudo opuesta a la occidental, suelen aducirse cuatro factores: la lengua china, el confucianismo, el autoritarismo, el sistema de evaluación (p. 154). Como ha de aprobar a toda costa, so pena de ver prematuramente truncadas sus aspiraciones de ascenso en la escala económica y social, el estudiante invierte su total esfuerzo en la memorización y en la repetición de contenidos. La consecuencia inmediata es obvia: los exámenes determinan el plan de estudios.

En el artículo Locales versus visitantes: las críticas de los estudiantes a los expertos extranjeros en idiomas de las universidades de la República Popular China, Ewan Dow y Hu Hua Ouyang, a través de la figura de una profesora de inglés en una universidad del sur de China, alertan al profesor occidental advenedizo y lo instan a ser cauto y humilde en su práctica docente. Al final, elaboran un diálogo imaginario donde la profesora de inglés, tras una experiencia frustrante en la universidad china, vuelca sus quejas mientras su interlocutor desmenuza, a la luz del razonamiento, las causas de su fracaso (pp. 176-180).

Concluyen Ewan Dow y Hu Hua Ouyang que el enfoque comunicativo en China (pero cabría precisar que en cualquier contexto) debe aclimatarse a las particularidades locales, y apuestan por un enfoque comunicativo chino. Su apuesta coincide con la de Alberto Sánchez Griñán en Reconciliación metodológica e intercultural: posibilidades de la enseñanza comunicativa de lenguas en China. A diferencia de Occidente, en cuya historia predomina la crisis y el rompimiento, la cultura china se caracteriza por una marcada tendencia a la continuidad. El rompe y rasga occidental se contrapone así al continuismo chino. De ahí que el enfoque comunicativo, mientras pretenda remudar siglos de tradición educativa en China, seguirá dándose de bruces contra una inexpugnable muralla. China exige, como indica Sánchez Griñán, imprimir el marchamo con características chinas en todo producto importado. El enfoque comunicativo en China, por tanto, debe pagar arancel con esa apostilla: enfoque comunicativo con características chinas. El éxito del enfoque comunicativo en China depende de una reconciliación metodológica que incorpore estrategias y procedimientos propios de la tradición pedagógica china (pp. 237-245). Así, por ejemplo, el aprovechamiento de la memorización y de la recitación como estrategias de aprendizaje favorecería la explotación didáctica de las combinaciones léxicas y de los fraseologismos (p. 239-240).

Sea como fuere, tan crucial como la metodológica, se presume la reconciliación intercultural entre dos sistemas culturales y de referencias, el occidental y el chino, tan disímiles, cuando no antagónicos, en facetas como las relaciones sociales, la concepción de uno mismo, la exteriorización de los sentimientos, el estilo de vida, el afrotamiento de problemas, etcétera (pp. 245-250).

Maximiano Cortés, en el penúltimo artículo del libro, Chino y español: un análisis contrastivo, compara por niveles lingüísticos las lenguas china y española, a la vez que destaca los errores que cometen con mayor asiduidad los estudiantes sinófonos de español y las dificultades que atraviesan durante su proceso de aprendizaje. El autor, pues no todos los problemas obedecen a interferencia de la lengua nativa, distingue en sus explicaciones los fenómenos intralingüísticos de los interlingüísticos. El análisis contrastivo que lleva a cabo en los planos ortográfico, fónico, morfosintáctico y léxico semántico sirve no sólo para diagnosticar la naturaleza de los errores y de las dificultades más comunes constatados en alumnos sinohablantes de ELE, sino también para predecir los escollos que a tales estudiantes resultarán más aciagos.

Qué saber para enseñar a estudiantes chinos viene a llenar un vacío propedéutico. Se trata, sin asomo de duda, de una obra de referencia para quienes se inicien (pero también para los iniciados) en el contexto sinófono de enseñanza e investigación. Es tal el valor de la compilación, mas tantas las preguntas que todavía carecen de respuesta, que después de su lectura uno se siente compelido a cursar requerimiento para que se ponga en marcha su continuación, en forma de segundo volumen, donde puedan tener cabida, por ejemplo, estudios que traspongan o rebasen el plano lingüístico y se adentren en el cognitivo, investigaciones que ahonden en el sistema conceptual y en las representaciones mentales de los estudiantes sinófonos, trabajos sobre pragmática contrastiva y análisis del discurso, etcétera. La enseñanza a sinohablantes, si no una enciclopedia, merece varios tratados. Sánchez Griñán alude en su artículo a las estrategias sociales y de comunicación implementadas por estudiantes chinos. Consciente del interés y de la enjundia que revisten tales estrategias, promete darles emplazamiento en otra ocasión (p. 244). Tómesele la palabra.

Libre acceso al prólogo, índice, introducción y primeras páginas de los artículos: quesaber-intro.pdf.

Adquisición on-line en Ediciones Voces del Sur.